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InvestigaciónEpidemiología30 de sept de 2026

Soledad no deseada en mayores: el riesgo que está medido y la parte que se puede cambiar

La Fundación IDIS ha presentado un estudio que sitúa la soledad no deseada en más de la mitad de las personas mayores y en el 21,7 % en el entorno residencial. Más allá de esas cifras, la bibliografía que midió el efecto es contundente: entre un 26 y un 32 % más de mortalidad, un 29 % más de cardiopatía isquémica, un 32 % más de ictus y un 42 % más de demencia. Y la cohorte más grande muestra que casi todo ese exceso viaja por factores que sí se pueden tratar.

Qué se ha presentado

La IDIS (Fundación Instituto para el Desarrollo e Integración de la Sanidad, la entidad que agrupa al sector sanitario privado español) ha presentado un estudio sobre soledad no deseada en personas mayores. Las dos cifras que ha puesto sobre la mesa: más de la mitad de los mayores dice sentirse solo, y en el entorno residencial el fenómeno alcanza al 21,7 %. La metodología completa —tamaño de muestra, instrumento de medida, cómo se seleccionó a los participantes— no ha podido comprobarse de primera mano, así que esos dos porcentajes conviene leerlos como la fotografía de una presentación y no como un dato ya publicado y revisado. Lo que sí está medido, y con mucha solidez, es lo otro: cuánto le cuesta a la salud estar solo.

Antes de las cifras, tres cosas que se confunden todo el tiempo:

Cuánto le cuesta a la salud: lo que sí está medido

Un metaanálisis (trabajo que no recoge pacientes nuevos: junta los resultados numéricos de muchos estudios ya hechos y calcula un promedio ponderado, de modo que los estudios grandes pesan más y el resultado es más estable que el de cualquiera de ellos por separado) de los estudios publicados entre 1980 y 2014 puso número al riesgo de morir. Otro, con 16 bases de datos longitudinales y 4.628 eventos coronarios y 3.002 ictus acumulados en seguimientos de 3 a 21 años, lo hizo con el corazón y el cerebro. Y un tercero, con 40 publicaciones procedentes de 32 estudios, con la demencia.

Las medidas se leen así: el OR (*odds ratio*, o razón de ventajas: divide la probabilidad de que ocurra el desenlace entre la de que no ocurra, en expuestos y en no expuestos; si vale 1, el riesgo es el mismo en los dos grupos) y el RR (riesgo relativo: cuántas veces más frecuente es el desenlace en los expuestos que en los no expuestos; 1,29 quiere decir un 29 % más) son casi intercambiables cuando el desenlace es poco frecuente. El IC (intervalo de confianza del 95 %: el rango de valores compatibles con los datos; si incluye el 1, el resultado no alcanza la significación) dice cuánta incertidumbre queda.

DesenlaceExposiciónAumento del riesgo
Muerte por cualquier causaaislamiento social+29 % (OR 1,29)
Muerte por cualquier causasoledad+26 % (OR 1,26)
Muerte por cualquier causavivir solo+32 % (OR 1,32)
Cardiopatía isquémicamalas relaciones sociales+29 % (RR 1,29; IC 1,04–1,59)
Ictusmalas relaciones sociales+32 % (RR 1,32; IC 1,04–1,68)
Demenciasoledad+42 % (RR 1,42; IC 1,26–1,60)

Dos detalles del metaanálisis de demencia que suelen caerse del titular: el aislamiento social medido desde fuera no alcanzó la significación (RR 1,58; IC 0,80–3,12), mientras que la participación social frecuente protegía (RR 0,81; IC 0,74–0,89). Y en el terreno cognitivo, un trabajo que armonizó siete cohortes de Estados Unidos, Inglaterra, India, China, Sudáfrica, México y Chile, con más de 20.000 participantes, encontró la asociación con peor rendimiento cognitivo en las siete, aunque de tamaño modesto. El aislamiento social figura, por todo esto, entre los factores de riesgo modificables de demencia que recoge la comisión del Lancet de 2024.

Por dónde entra en el cuerpo

Hay dos rutas biológicas con datos. La primera es el HPA (eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal: la cadena que fabrica cortisol; el hipotálamo avisa a la hipófisis, esta ordena a la corteza suprarrenal y el cortisol resultante frena a las dos de vuelta. En condiciones normales el cortisol sube al despertar y cae a lo largo del día). En una muestra de 314 adultos de 25 a 75 años, vivir solo se asoció a una curva diaria de cortisol aplanada —es decir, esa caída a lo largo del día se pierde, la señal de que el freno no funciona bien— y a más proteína C reactiva. Sentirse solo, en cambio, se asoció a más IL-6 (interleucina 6: una molécula que las células inmunitarias liberan para encender la inflamación; entre otras cosas, ordena al hígado fabricar proteína C reactiva), y esto por encima de lo que explicaba el aislamiento.

La otra mitad: lo que se descuenta y lo que se puede hacer

Contar solo el exceso de riesgo deja media idea. La cohorte más grande —466.901 personas, 56,5 años de media, 6,5 años de seguimiento— hizo el ejercicio de descontar paso a paso los factor de confusión (una tercera variable que se asocia a la vez a la exposición y al desenlace y fabrica una asociación que no es causal: quien está aislado suele además fumar más, tener menos ingresos y más síntomas depresivos, y eso también mata).

ExposiciónAjuste mínimoAjuste completo
Aislamiento socialHR 1,73 (1,65–1,82)HR 1,26 (1,20–1,33)
SoledadHR 1,38 (1,30–1,47)HR 0,99 (0,93–1,06)

El HR (*hazard ratio*, o razón de riesgos instantáneos: compara la velocidad a la que aparece el desenlace en cada grupo a lo largo del seguimiento, no solo cuántos lo tienen al final) de la soledad se fue entero al ajustar por condiciones socioeconómicas, tabaco, alcohol, actividad física y síntomas depresivos. Eso no significa que la soledad sea inocua: significa que su exceso de mortalidad viaja casi todo por caminos intermedios, y esos caminos son precisamente donde se puede intervenir. El aislamiento, en cambio, conservó un 26 % de exceso después de descontarlo todo.

¿Y funciona intervenir? Poner a la gente junta rinde menos de lo que parece. Al revisar las cuatro familias de intervención —entrenar habilidades sociales, dar apoyo, crear oportunidades de contacto y corregir la forma de interpretar lo social—, las que mejor salieron en los ECA (ensayos clínicos aleatorizados: el reparto por sorteo entre intervención y control, que es lo que evita que los dos grupos se diferencien de antemano) fueron las del último grupo: trabajar la lectura sesgada de las relaciones, no solo la agenda. La terapia cognitivo-conductual en formato digital reduce algo la soledad en mayores (6 ensayos, 653 personas, DME (diferencia de medias estandarizada: cuando cada estudio usa una escala distinta, se expresa el efecto en desviaciones típicas; −0,2 es pequeño, −0,5 medio) −0,27; IC −0,42 a −0,12), con certeza baja. Y los acompañantes conversacionales automáticos mejoraron los síntomas depresivos (8 ensayos, 611 personas) pero no la soledad, con una dispersión enorme entre estudios.

Qué significa y qué no

En residencias el problema tiene cara propia: en una muestra española de 190 personas de 60 años o más, las institucionalizadas puntuaron más alto en depresión —justo en el umbral de cribado— y la soledad fue el factor asociado de forma más constante a depresión, ansiedad e ira, por encima de la edad y del hecho mismo de estar institucionalizado.

Las limitaciones son de fondo. Todo esto es observacional: la soledad se mide preguntando, y hay causalidad inversa de sobra —una demencia incipiente o una insuficiencia cardíaca aíslan a la persona años antes del diagnóstico—. Los porcentajes de la presentación no se han podido verificar, de modo que la prevalencia concreta en España queda en el aire hasta que se publique.

La soledad no deseada no es un estado de ánimo: es una exposición con efecto medido —del orden de un 26 a 32 % más de mortalidad y un 42 % más de demencia— y buena parte de ese exceso circula por factores modificables, que es exactamente lo que la convierte en un problema de salud abordable.

Fuentes del contexto

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  • Bibliografía localizada a través de PubMed.

La fuente

Redacción Médica

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